Siempre han existido historias que han impactado a la opinión pública. Escándalos comentados, criticados y expuestos para que todo el mundo se haga eco de ellos. El mundo del periodismo ha sido protagonista y testigo de algunos, hasta el punto de estar reflejados en la pequeña pantalla y ser convertidos en película. Así ocurre con El precio de la verdad, basada en hechos reales y protagonizada por Hayden Christensen, en el papel de Stephen Glass, un personaje de grandes tintes psicológicos que consigue interpretar de forma correcta y sin excederse. Es una película sencilla, que destaca sin llegar a ser brillante, pero que da una auténtica lección de moral. Sobria y fiel a unos hechos. Todo ello con un elenco de actores que no despuntan por grandes actuaciones (en parte también porque no se ahonda demasiado en los personajes), pero que saben sacar el jugo y reflejar el ambiente de una situación tensa que puso en evidencia a un medio. Glass era un joven periodista, talentoso e innovador, cuya profesión compatibilizaba con sus estudios de derecho. Redactor de The New Republic- prestigiosa revista política y de actualidad norteamericana que presumía, incluso, de ir a bordo del mismísimo Air Force One-, sus artículos le dieron fama y respeto por parte de sus compañeros y demás revistas en las que trabajaba como colaborador. El precio que pagó por sus peculiares reportajes fue muy caro y el único que merecía: el despido. En 1998 escribe, entre otros, El paraíso del Hacker, aportando numerosos datos que son una magnifica historia al principio, pero de dudosa credibilidad después. Un periodista de un medio digital le hizo caer en su propia trampa. Todo era falso. En total, 27 artículos de 41 eran inventados. De tan real, la historia es indignante. Un periodista que rompió todos los límites de la ética y que, siendo consciente de lo que hacía, lo negó todo hasta el último momento. Gozaba de una extraordinaria imaginación que es, a la vez, digna de admiración y rechazo. Aunque, en este caso, más bien de lo segundo. ¿De qué le sirvieron años de estudio si al final hizo y escribió lo que le dio la gana? Estaba presionado familiarmente y estudiaba una segunda carrera pero su fin no justificaba los medios. Sé que sería ingenuo pensar que todos los que nos dedicamos al periodismo contamos al 100% cómo ocurren los hechos. Siempre hay que pulirlos y editarlos. En ocasiones (espero que en las menos posibles) también se pueden manipular. Pero inventarlos es partir de cero desde la nada. Si su alma era de novelista, lo mejor que podría haber hecho era escribir libros. Fue un talento desperdiciado en pro de un falso reconocimiento. Se rindió ante la fama olvidando la profesionalidad. Se “burló” de todos aquellos que lo leían y confiaban en su buen hacer. Lo infame es que no fue, ni es y ni será el único que lo haga, porque su caso no es aislado. Una auténtica vergüenza.