En mis labores de becaria, hoy me ha tocado acudir a una conovocatoria de prensa. De las miles que hay para poder sacar fotos y realizar entrevistas. No voy a decir nombres y tampoco voy a hacer alusión a ningún lugar porque lo importante en toda esta historia es la situación. La chica de prensa ha sido clara “nada de preguntas personales, por favor”. De acuerdo. Hago una primera entrevista, y espero mi turno pacientemente para la siguiente, pues mi entrevistado está ocupado atendiendo a un medio televisivo. Se muestra encantado, sonriente. De repente, la sonrisa desaparece y se muestra serio. Es entonces cuando se aleja y de su boca se escucha “no voy a conceder más entrevistas”. Dicho y hecho. Increíble, pero cierto. Y es que la pregunta personal tan prohibida ha caído y con ella, el enfado. Entiendo su postura. Si yo estuviera en su lugar, tampoco me habría resultado agradable (no voy a decir qué ha sido ni con qué está relacionado). La periodista, avergonzada, intenta justificarse, pero no vale de nada. Y allí nos quedamos todos, pasmados. ¿Es que no han sido lo suficientemente claros? ¿Por qué entonces ignoras lo que te han dicho tan claro al principio? Y sí, como he dicho antes, entiendo la postura de este entrevistado. Pero yo no he hecho ninguna pregunta personal. Así que, al igual que piden respeto con su vida privada, yo pido respeto para el resto de periodistas. No estamos allí porque nos sobre todo el tiempo del mundo. Tu tiempo por el mío. Veda al medio que te ha molestado, recrimina a esa periodista en concreto. Y a los demás, permítenos hacer nuestro trabajo al igual que tú estás haciendo el tuyo.
Al menos, no es el único por quien he acudido hasta allí (había gente que sí. Y eso, no es plato de buen gusto). Me consuelo sabiendo que será por teléfono…y que el trabajo de preparar una entrevista toda una tarde, no habrá sido en valde. Imagino que esta es la sufrida vida del periodista, ¿no?