
Y en esta época de exámenes (a la que, por fin, pongo fin el martes) quiero reflexionar precisamente de eso, de los exámenes.
Examen: dícese del tipo de evaluación que suele realizarse sobre papel o en ordenador y cuyo objetivo es medir los conocimientos, habilidades, aptitudes u otros aspectos (como, por ejemplo, las opiniones) del examinando, que a menudo es un estudiante.
Yo, sinceramente, si descubriera a quien los inventó, lo mataría. Además, con todos mis respetos a los profesores que lo eligen como método de evaluación (entre ellos, Dani) me parece que no sirven de mucho. Realmente, no considero que demuestre haber aprendido algo porque lo vomite sobre un papel. Lo aprenderé, sí, pero a los dos días mi cabeza formateará como un ordenador y apenas recordaré algo. Y si hablamos de chuletas, apaga y vámonos, porque es entonces cuando sí que no habrás aprendido nada de nada. Seamos sinceros, el periodismo es práctica pura. Puedo sacar un sobresaliente en cualquier asignatura, pero si el día que me “suelten” a la calle a cubrir cualquier hecho o cualquier rueda de prensa, demuestro que no sirvo para la profesión, ya no hay sobresaliente que valga. ¿Para qué lo quiero, entonces? Creo, sinceramente (y con todos mis respetos) que mucha materia en nuestra carrera sobra. Y que mucha de esa materia que vale, no debería ser puesta a prueba en un exámen. Que se dejen de mil teorías sobre mil autores, por favor, y que nos bajen más a los estudios de radio y televisión, a manejar programas informáticos que realmente utilizan las empresas y los medios del mundo real (porque nosotros parece que nos quedamos en la prehistoria), que nos den clases de idiomas…No sé, en fin…La verdad es que yo ya llego tarde y que, después de cinco años, podría decir miles y miles de cosas sobre este tema. Y fíjaos, he empezado reflexionando sobre la, a mi parecer, inutilidad de los exámenes (además del sufrimiento que suponen), y acabo hablando de la facultad en general…Por algo será.